Hola, Papa.

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Hola, Papa. 

Un día como hoy, 15 de mayo, suelo poner la misma foto. La que nos hizo un aficionado del Espanyol en Sarrià con tu Werlisa Color.  Te fuiste, sólo físicamente, en 1977. Hoy hace 44 años. Una pasada, una burrada, una putada, una injusticia. Una mierda. 

Como sabes, esta fotografía preside la entrada de mi habitación y te veo y te hablo cada día. 

Ya sabes que te tengo muy presente, que a menudo te hago preguntas y que cuando tengo dudas (una cada hora) acudo a tí para que me ayudes. En realidad debo ser muy interesado: me aprovecho de la inteligencia que te hizo campeón de Catalunya de Ajedrez a finales de los años 50. También sabes que la copa, que más que copa es un copón, es el primer objeto que se ve al entrar en casa. Ay… el ajedrez. Siempre he pensado que en la vida me ha faltado tu inteligencia en numerosas partidas.

Pues nada. Que me queda la mama. La campeona cumplió 91 tacos hace dos semanas. Tiene pinta de récord, porque sus padres (tus suegros, o mis abuelos maternos) se fueron a los 106 ella y a los 98 él. Así que creo que hay mama para rato. Y hoy, como muchos sábados, comeré con ella. No saldrá tu nombre durante la comida aunque los dos sabemos perfectamente qué día es hoy. 

¿Ya te explicado que a mis hijos les encanta que les explique historias tuyas y de tus padres?  ¿Ya te he contado que a menudo sales en mis sueños?  ¿Que a veces (no lo entiendo porque ya han pasado más de 4 décadas) me despierto llorando, o bien porque no te encuentro, o me caen las lágrimas de alegría porque te he descubierto y me emociona nuestro reencuentro. 

Mientras escribo esto se me están humedeciendo los ojos y prefiero dejarlo.  Tu «gorrión», como tú me llamabas, se dispone a vivir la vida a tope y va a poner la lavadora de los sábados. 

Pues nada. Que te quiero, papa.

Te veo esta noche al entrar en casa y a la entrada de mi habitación.