SALAS de ESPERA: COVID 19

Miércoles 14 de abril de 2021.

CAP de la Avinguda de BorbĂł, Barcelona. En la calle guardan cola unas treinta personas; mejor allĂ­ que no el interior, porque corre el aire y aunque sopla viento no hace frĂ­o. La edad media de las personas supera los setenta. Algunos -casi todos- llevan acompañante: cuidadoras, hijas, amigos, familiares, etc… 

El improvisado cuartel de campaña se ha instalado en el interior: una gran tienda de camping donde veo lo que se puede apreciar en la fotografĂ­a: tiqui-tacas, andadores, sillas de ruedas, alguna ortopedia, bastones… elementos fĂ­sicos inventados por seres humanos que sustituyen a carencias que padecen los seres humanos. 

No hay papeles en el suelo. El tono es bajo, sin llegar al tono del hermoso silencio de una calle en Varsovia. El ritmo de vacunación es råpido y las esperas no son eternas. El personal médico va de cara a barraca: profesionalidad y mucha mano izquierda para tratar con måximo cuidado y respeto a personas que con sus décadas suman manías, preguntan bastante y a las que tenemos mucho que agradecer. 

Una persona con un mono de color verde con una acreditaciĂłn que ignoro quĂ© pone, pero algo pondrĂĄ que le permitirĂĄ estar allĂ­, asoma la cabeza: «¿Maria Cruz Abad?»  Es mi madre.  Me agarra del brazo y nos dirigimos al box nĂșmero 3. La primera inyecciĂłn fue hace 3 semanas: ideal. Como secuelas, un tĂ­mido dolor de cabeza, que se suma al que tiene habitualmente, pero nada mĂĄs.

Sospecho que todos los brazos que reciben la vacuna son flĂĄcidos, como el de mi madre, que en mayo DM cumplirĂĄ 91 años, y dejan entrever secuelas de muchos años de esfuerzo, como cuando lo normal era lavar la ropa a dos brazos con el tocho del jabĂłn ‘Lagarto’ en una mano mientras cantaban Zarzuela.  Ahora ya nadie canta en el lavadero de casa; ni siquiera acompaña la lavadora mientras hace su trabajo. 

Las hermanas de mi madre -mis tĂ­as claro, las tres viudas- Encarnita (89) y Angelines (88) ya han recibido ambas dosis. Las tres, como mucha gente de su Ă©poca, tienen todavĂ­a marcada una doble redonda de una vacuna puesta hace algunas dĂ©cadas, que vete a saber para quĂ© servirĂ­a. 

El pinchazo es un momento. Pom. Y ya estĂĄ: «EspĂ©rese un cuarto de ahora ahĂ­ fuera por si se marea y si no hay problema ya puede marcharse, señora», dice la auxiliar. En esa sala de espera se agrupan momentos pre y post vacuna y no hay ni gritos, ni protestas, ni lamentos, ni descontentos; todo lo contrario: todos asumen la vacuna como algo necesaria y se agarran a la vida para seguir sumando semanas, meses, años… 

Le pregunto a una ATS porqué el rechazo a un tipo de vacuna en comunidades como Madrid llega al 70%. «Eso os lo tenéis que preguntar vosotros, que sois quienes comunicåis las cosas«, me dice muy amablemente. Ya me ha caído la primera hostia del día. Gratis, ademås, aunque quizås tenga razón. Comunicar y vivir. Ganas de vivir. La vida sigue.